martes, 18 de febrero de 2020

El aguardiente de Guadalcanal


Oficios artesanales desaparecidos en Guadalcanal
Continuamos con los oficios y el tejido empresarial que desapareció en Guadalcanal durante el siglo XX,  y de ello nos lamentamos cada día, que la industria de Guadalcanal ha conocido tiempos mejores, no cabe duda. Hoy analizamos el sector del anís o aguardiente. Ésta actividad, la empresarial, que apenas tiene incidencia en el conglomerado comercial y económico en nuestra localidad en los tiempos actuales, tuvo a finales del XIX y durante algo más de la primera mitad del siglo XX gran actividad e iniciativa de nuestros paisanos, fábricas y trasformaciones de productos, almazaras de aceites, zapatos, gaseosas, aguardientes, carpinterías y muebles, fábricas de harinas, transformados de productos agrícolas y ganaderos y un largo etcétera, todas ellas desaparecidas, hoy vamos a recordar las fábricas de aguardientes o anisetes.
Tal vez las tres marcas de referencia eran “La Flor de Guadalcanal, La Flor de la Sierra y La Flor de Jara”, existiendo otras varías.

Ya en 1904 y posteriores, encontramos en la revista “Heraldo de la Industria”, varios anuncios de nuestros aguardientes:

Trespalacios y hermana. - Fábrica de aguardientes. Especialidades: Néctar Florido y Giralda. Guadalcanal.

Cárdenas, Pinelo y Compañía. - Fábrica de aguardientes, anisados, licores y Jarabes. Especialidad: anisado Rosita. Guadalcanal.

Antonio Pérez López. - Fabrica y distribución de la afamada marca de anisetes y derivados con su marca de referencia Flor de Guadalcanal

Cándido Cordo Villate. - Fabricante de aguardientes y jarabes y distribuidos de vinos y otros alcohólicos de la zona.

En la misma revista y en el año siguiente (1905), encontramos una breve reseña sobre tal apreciado producto.
“Guadalcanal de la Sierra (Badajoz). - Desplazado a este pueblo serrano el Sr. Montoliú, uno de nuestros veedores ó redactores, tuvo la ocasión de apreciar los afamados anisetes y jarabes varios que se fabrican con esmeros y artesanía en varias destilerías de la villa, siendo atendido amablemente por el Sr. López de Ayala, familiar del insigne político y escritor de la misma.
No hubo caldos tan exquisitos y equilibrados que el dios Baco degustara en su mitológica historia, ni gente tan artesana que, con pocos recursos y mucho esmero artesano, fabricaran licores dignos de dioses”   

(Curiosamente el redactor en cuestión ubica a Guadalcanal en la provincia de Badajoz, quizá debido a la confusión producida por los efluvios del líquido elemento que trasegó en su estómago).
 Hoy queremos recordar estas fábricas con Ana García Rodríguez, conocida en Guadalcanal como “Anita la peluca”, tal vez una de las últimas personas vivas que puedan dar fe de estas fábricas.
Anita trabajó en la fábrica y almacenes de Manuel Porras Ibáñez, su marca de referencia era La Flor de Jara, esta fábrica estuvo en un principio en la calle Diezmo (actual Antonio Machado) y a principios de los años cuarenta se trasladaron a la calle Santa Clara, a la altura de la familia de Jorge Criado.
Ella entró en el año 1943, a los 13 años, ya en la calle Santa Clara,    recuerda que estaba encargada de la venta de todos los productos, “tenía muy buen agrado para el público y su simpatía a todos les encantaba, más bien bajita y morenita, atendía con agrado al cliente” , “además no se le caían los anillos y si se tenía que poner a ayudar a los hombres acarreando botellas o garrafas, también lo hacía, era una mujer fuerte, aun cuando su trabajo era el mostrador”  (nos comenta Anita con gran nostalgia).
Otro negocio notorio que tuvo esta empresa era la venta de sal, “en aquella época Guadalcanal tenía muchos más habitantes y se hacían matanzas e las casas y su propietario vio que era un buen negocio traer sal y venderla para ello”. La sal llegaba en vagones a la estancación del tren, se descargaba a mano con palas, posteriormente se volvía a cargar en bestias y carros y se llevaba a la calle Santa Clara para su venta.
                Estaba encantada con su trabajo, nos repite, que consistía en despachar en el mostrador a los clientes, ayudaba a acarrear botellas de vidrio vacías, las limpiaba, una vez llenas las etiquetaba y preparaba el empaquetado de los pedidos en cajas de madera rellenadas de virutas y serrín para protegerlas de los golpes. Las botellas tenían que ir bien limpias por fuera para que dieran buena impresión.
         Y cierto es que conocía y disfrutaba de su trabajo, nos comenta nuestro compañero Miguel Ángel que tuvo una animada charla con ella, nos comenta, “recuerdo que cogió de vino de su cocina e hizo una demostración y de la forma que ella las cogía, se deduce que las tuvo que hacer muchísimas veces, porque era una presentación en toda regla de cara al cliente, no la cogía de cualquier forma, lo hacía que parecía que la acariciaba y así se la ofrecía al cliente, porque… para todo hay que tener arte”
          Según nos comenta, había algunas mujeres (hay que recordar que era otra época), que le decían, “…porqué trabajas ahí si eso es un trabajo de hombres”, ella simplemente les contestaba: “me gusta lo que hago y es un oficio bonito”, vamos lo que hoy llamamos una comercial más o una dependienta.
Esta fábrica estaba adjunta a unos almacenes en los que se vendían a los productos fabricados por ellos, aguardientes, jarabes, vinagres, mostos y vinos procedente de las uvas de pequeñas explotaciones de viñedos del pueblo y comarca. Los anises o aguardientes se catalogaban en esta fabrica dependiendo de la calidad en la destilación en: anís sencillo (de inferior calidad), anís corriente (de mejor calidad que el anterior), anís doble (ya de cierta calidad) y anís doble superior (que era el de mejor calidad y referente de la marca). También se fabricaba y envasaba ron con una formula de fabricación muy artesanal y de gran graduación, licor de guindas, muy apreciado en el pueblo, era de color acaramelado tirando a rojizo.
Para la fabricación de anís, nos comenta, “se utilizaba en su destilación hollejo prensado del vino o matalahúva, en este proceso se gastaba mucha leña, principalmente de encina y olivo para producir el vapor de la destilación, Anita nos dice que tenía que estar 24 horas o más la caldera encendida para conservar la temperatura y así hacer el destilado de una manera continua sin detener el proceso y conseguir una calidad homogénea (del liquido que salía de la condensación por los vapores)”. Este proceso requería tener siempre un operario pendiente y se establecían turnos.

Del alambique, que al parecer era muy grande y estaba muy alto, dice que “había unas escaleras y que se subían para hacer las cosas que tuvieran que hacer ajustando ahí arriba en el que a través de unas ventanas que daban a un corral muy grande había unas tuberías que salían para fuera, al parecer sería por los diferentes vapores del resultado de la destilación. El cuerpo entero era de cobre, al serpentín que salía de una especie como de olla grandísima en la que por cierto tenían que sellarla por cierta parte siempre muy bien para que no se escapara nada cuando estuviera cociendo, dice que se utilizaba para ello una pasta hecha con ceniza”
Al serpentín se le decía “corbato”.
“…El líquido que salía como por un grifo era un chorrito muy fino y claro como el agua, aunque tenían que ver cuál era la mejor parte en su destilación”.
Recuerda, “que al principio se le llamaba cabeza y no era de muy buena calidad y salía con muchos grados, después ellos ya sabían perfectamente cuando tenía una calidad aceptable, más claro y con la graduación correcta. Por último, le decíanla cola” a la parte de la destilación que no tenía suficientes grados y tampoco lo daban como de muy buena calidad, era ya lo último que salía del proceso”.
De todas estas destilaciones se preparaba el aguardiente y se envasaba según lo que quisieran conseguir en los pedidos que tenían que hacer.
Son palabras de una mujer que durante unos años trabajó mucho desde prácticamente una niña en un oficio de hombres, en la que asegura que disfrutaba mucho del trabajo que desarrollaba.
Ella cuenta que “fueron pasando los años y que estuvo unos catorce o quince años en total, de esos, un año o año y medio estuvo en Villanueva del Río y Minas porque el dueño de la Industria decidió trasladarla de Guadalcanal porque bajaron bastante los pedidos y la gente compraba más el de Cazalla y a los hombres ya no les gustaba tanto el aguardiente y se aficionaron más al vino o la cerveza, entonces fue cuando se cambiaron a Villanueva del Río y Minas por el auge tan grande de gente que había trabajando en la mina”…
“…El dueño quería que se quedase, pero ella no le gustaba estar allí, tenía ya planes de casarse, y donde quería estar era con su prometido en Guadalcanal, y la familia ya de paso no le hacía mucha gracia el sitio”.
Por lo visto a Manuel Porras no le duró muchos años el cambio de negocio, fue abajo la minería hasta desaparecer y decidió cambiar por completo y poner una fábrica de maderas en Lora del Río.


Anita una mujer amable y simpática que bien merece que se hable de ella, porque pensamos que es un “testigo” de la industria de aguardientes y licores que hubo en su día en Guadalcanal.

Asociación Cultural Guadalcanal por su Recuperación Patrimonial. 

Febrero 2020

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo compañero Rafa..que lastima que se hayan perdidos tantos oficios como industrias en Guadalcanal..del auge al declive en pocos años...

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    1. Hola, este artículo como todos los anteriores no es solo mío, es el fruto del trabajo de investigación de tod@s los que componemos la asociación.

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